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lunes, 17 de octubre de 2011

La Delgada Linea Roja: comentarios.

Atención: este comentario contiene numerosas referencias que descubren partes importantes de la película. Si no la has visto es mejor que no lo leas todavía. Dicho esto, aquí dejo mi comentario:


El visionado de este tercer largometraje de Terrence Malick me ha parecido una experiencia tremenda. Después de haber visto las dos primeras películas, el estilo de este autor nos va a resultar claramente identificable desde las primeras escenas y es evidente como las claves formales y narrativas de sus primeros trabajos se llevan un paso más allá en La Delgada Linea Roja (LDLR).


La fotografía sigue siendo un aspecto especialmente cuidado y destacable, con encuadres y composiciones para el asombro, un uso de la luz emocionante y una elección de localizaciones y paisajes de una belleza que apabulla la mirada. Me pasó en varios momentos del asedio a la colina en los que me quedaba mirando aquella hierba alta movida por el viento, la vegetación y los cielos.


Como les ocurría a los soldados, me asaltaba la extrañeza de la barbaridad que estaba ocurriendo en medio de una creación tan bella. De hecho uno de los soldados, estando tumbado intentando cubrirse del fuego enemigo, con su vida pendiendo de un hilo, contempla una pequeña hoja y la roza levemente cerrándose de un modo casi mágico (la plantita es algo parecido a la mimosa sensitiva) en un detalle con el que me sentí plenamente identificado con el soldado, ya que esa extrañeza ante la belleza natural y el horror del combate la estaba sintiendo yo al ver ese tramo de la película.



Está claro el enorme peso de lo visual en el cine de Malick, en el que se nos invita a ver, a contemplar reposadamente y comprender con la mirada.


Otra de las claves, estrechamente relacionada con la anterior, es la naturaleza. La evolución es evidente. En Malas Tierras era un bosque y unas llanuras desoladas en las Badlands. En Días del Cielo vimos el esplendor de los campos de cereal de Texas en sus atardeceres, pero también animales, ríos y detalles de la naturaleza. En LDLR ya vemos desde el primer cocodrilo y las escenas de la convivencia con los aborígenes como la naturaleza va a estar presente en la película. Como su papel no es de mero decorado, no es un simple fondo en el que ocurren las cosas. La madre naturaleza está presente en esta película como un personaje más, quizá incluso sea el personaje protagonista e inmutable de esta historia, que presente a lo largo de toda la película se contrapone de forma constante a la barbarie humana. Algunas de las reflexiones de la voz en off así lo indican y la cantidad de planos dedicados a ella también lo apoyan.


Y si lo visual está cuidado al detalle, la Banda Sonora es otro aspecto fundamental de este director, perdurando en la memoria por su lirismo y su fuerza. Aunque hay quien dice que la composición de Zimmer es "la más bella música con la que ha contado jamás Malick para una de sus películas" y verdaderamente resulta impresionante en muchos momentos, no soy capaz de decantarme por esta frente a sus dos películas anteriores. Lo que si quiero destacar es el canto aborigen que suena en varias ocasiones en la película, "God Yu Tekem Laef Blong Mi", una oración sencilla y natural que ayuda a acentuar aún más el contraste del mundo natural y centrado en el hombre con las terribles escenas de miedo, violencia y sufrimiento que viven los soldados en la batalla.


Citando una de las páginas enlazada anteriormente: "Es una pieza capital para comprender la película, interpretada por los aborígenes de las islas Solomon. Está cantada en “pidgin-english”, con lo que el vocabulario británico está ligeramente alterado. El título de esta canción en concreto, sería algo como ‘God you take my life’, es decir, Dios llévate mi alma". 
La estoy escuchando ahora y me sigue estremeciendo.


Otra clave del cine de Malick es la utlización de lo simbólico. El uso de metáforas y su metalenguaje nos exige atención y capacidad para interpretar y reflexionar en torno a las imágenes y su sentido, pero al mismo tiempo nos proporcionan también un disfrute añadido al comprender las referencias, lo que sugiere y subrayan las imágenes simbólicas que vemos a lo largo de la película.




En LDLR este aspecto también se ve acentuado con respecto a las películas anteriores y daría para un comentario entero. El cocodrilo entrando en el agua que aparece luego capturado, las bandadas de pájaros que vuelan, las miradas de los animales, el uso y significado del agua y del fuego, unos soldados que se cruzan con un aborigen, un polluelo que agoniza, unos perros que carroñean restos humanos, etc., etc... solo por esta razón merecería la pena revisionar la película.



Una de las claves del cine de Malick más reconocible y controvertido es el uso de la voz en off. Utilizada por este autor como complemento y contrapunto de la imagen, en LDLR se hipertrofia con respecto a las anteriores y ya no se conforma con narrar y dar algunas claves de la vida interior de los personajes, sino que nos ofrece una puerta abierta al alma de los personajes, al hecho central de la experiencia con reflexiones e interrogantes que parecen proceder más del propio Malick que de sus personajes y que nos sitúa en complicidad con el autor, compartiendo el visionado en la intimidad de sus pensamientos.


Con todas estas claves Malick nos ofrece una película (experiencia) que nos sumerge en el interior de un grupo de soldados dentro de una guerra. No me ha parecido especialmente relevante que el ejército sea el americano, ni que se trate de la segunda guerra mundial o que la batalla sea la de Guadalcanal contra el ejército japonés. La mirada de Malick no nos ofrece una crítica política, no nos destaca una heroicidad o una condena por un bando u otro. Su película nos habla del dolor del hombre atrapado por la violencia, desperdiciando su humanidad, alejándose de sus semejantes, de la naturaleza y, con ojos de fe, de Dios mismo.


En LDLR vemos soldados aterrados, obligados a matar para sobrevivir, incapaces de revertir el absurdo de una batalla imposible en el que van muriendo y matando, enloqueciendo o cayendo en un agrio cinismo. La guerra les va robando sus raices, sus convicciones, sus valores, sus motivaciones y hasta el nucleo de su alma.


Dolorosísima la carta que recibe el soldado Bell (Ben Chaplin) tras haber podido contemplar y disfrutar con él sus recuerdos de amor y proyecto común, plenos de ternura y esperanza, finalmente rota sin solución.



Suyas son las palabras de amor más hondas y trascendentes, lo que acentúa el desgarro posterior al recibir la carta:

Nosotros estamos unidos, somos un solo ser. Fluimos juntos como el agua, hasta que no te distingo de mí. Bebo de ti. Ahora. Ahora. Eres mi luz, mi guía.

¿Por qué iba a tener miedo a la muerte? Te pertenezco a ti. Si caigo yo primero, te esperaré allí. Al otro lado de las aguas oscuras. Te necesito ahora.


Tremendo el conflicto entre el Capitán Staros (Elias Koteas) y el Coronel Tall (Nick Nolte) en el que la humanizada coherencia del capitán se enfrenta a la salvaje ambición de su superior que, por la vía del más fuerte, acaba apartándole del mando porque es "demasiado bueno".



Cuestionadora la evolución del Sargento Welsh (Sean Penn) que comienza defendiendo ante el soldado Witt (Jim Caviezel) el sentido del grupo dentro de la guerra y que según avanza el absurdo de la batalla va quedandose vacío, sin convicción ni esperanza, muriendo por la vía del 
cinismo, hasta llegar a afirmar que "únicamente se siente solo cuando hay gente".  



En cada personaje, en cada encuentro, escena y diálogo podemos encontrar una carga de profundidad lista para explotar en forma de reflexión o referencia, pero sin duda el que más huella me ha dejado es el personaje del soldado Witt, el desertor que no es cobarde.



El soldado que, combate como los demás, pero que lo hace de forma diferente, con otra humanidad y sensibilidad. Vemos su mirada ingenua y su sonrisa de paz, se ofrece voluntario, acompaña a sus compañeros, les asiste en la muerte y se pregunta una y otra vez por el sentido de la vida y de la muerte, por la violencia del hombre que causa tanto dolor en este mundo que se nos ha ofrecido como paraiso. Culmina su vida entregándola sin oponer resistencia, como una metáfora de Cristo "el cordero de Dios" que sacrifica su vida por el hombre, por el Hombre.


Suyos son algunos de los pasajes en off más cuestionadores:

Me preguntaba cómo sería mi muerte. Cómo sería saber que tu siguiente suspiro es el último. Sólo espero enfrentarme a ella como mí madre lo hizo. Con la misma… serenidad. Porque en esa serenidad es donde se encuentra y se aprecia la inmortalidad.

¿Quién eres tú que adoptas tan diferentes formas? De tu muerte nadie escapa, pero también eres la fuente de todo lo que va a nacer. Eres gloria. Clemencia. Paz. Verdad. Das calma al espíritu, comprensión, valor. Un corazón satisfecho.

Esta terrible crueldad, ¿de dónde sale? ¿Cómo se infiltró en el mundo? ¿De qué semilla, de qué raíz ha brotado? ¿De quién es obra? ¿Quién nos mata? Nos ha robado la vida y la luz. Se burla de nosotros con visiones de lo que podríamos haber conocido. ¿Acaso nuestra destrucción beneficia a la tierra? ¿Ayuda a que crezca la hierba o que brille el sol? ¿Se encuentra esta negrura en ti también? ¿Has vivido, atravesado, una noche semejante?

¿Dónde estuvimos juntos? ¿Quién eres tú que estuviste a mi lado y caminó conmigo? Mi hermano, amigo. La oscuridad en la luz. El conflicto en el amor. ¿Son producto de una sola mente? ¿Las facciones de un mismo rostro? Oh, mi alma, déjame entrar en ti. Mira a través de mis ojos. Contempla las cosas que has creado. Mira cómo brillan.




Son preguntas inmensas y que, en el contexto de aquella batalla, resuenan de una forma especialmente intensa. Viene a mi mente una de mis canciones favoritas compuesta por Aute e interpretada por Silvio Rodríguez en la versión que más me gusta y que dice:
Quiero que me digas, amor,
que no todo fue naufragar
por haber creído que amar
era el verbo más bello…
dímelo…
me va la vida en ello.
me va la vida en ello.



Dicen que la vida es una batalla que hay que librar en el día a día. Aunque no estemos en la misma situación que los soldados de LDLR, creo que también nuestro mundo cotidiano se ha convertido en una especie de guerra de baja intensidad, con poca violencia en forma de disparos y muerte, pero llena de urgencias, que nos arrastra y nos lleva a vivir en grandes ciudades tan deshumanizadas como un campo de batalla, que nos fuerza a seguir un guión y conquistar colinas imposibles. Es así como también nosotros podemos perder nuestra Paz, el sentido de la vida, nuestra sonrisa alegre o nuestra mirada inocente. Necesitamos el contacto con la naturaleza, las personas y Dios y, como dice Sabina refiriéndose a Madrid: "Aquí no queda sitio para nadie".


Esta película es como una elegía que lamenta la pérdida del Hombre, de su Humanidad y su Alma cuando ya es demasiado tarde. No es así para nosotros que, al verla, es como si se nos agarrara por el pecho para despertarnos y amar, para no naufragar... ya sabéis, nos va la vida en ello.


Dejo algo de material complementario interesante que me he ido encontrando aquí y allá para el que quiera seguir leyendo y disfrutando de la película:
- El guión original (en inglés).
- Extractos del guión en castellano.
- Un par de enlaces a críticas de las películas que no puse en la ficha: 1 y 2
- Una entrevista a Nick Nolte sobre el rodaje de LDLR (a partir del minuto 25, también en inglés)
- Una buena colección de imágenes de la película.
- Análisis de la edición en Blu Ray de Criterion

lunes, 10 de octubre de 2011

Días del Cielo: comentarios

Atención: este comentario contiene numerosas referencias que descubren partes importantes de la película. Si no la has visto es mejor que no lo leas todavía. Dicho esto, aquí dejo mi comentario:

El segundo largometraje de Terrence Malick es la confirmación de que este director nos ofrece en sus películas mucho más que una historia. En su obra es tan importante el argumento como la vida interior de sus personajes, las contradicciones y contrastes, los enigmas, el contexto social y natural y un sinfín de matices y símbolos que se nos muestran clara e impactantemente en ocasiones y de una forma velada en otras. Esta riqueza nos permite múltiples lecturas, nos cuestiona y provoca de una forma muy personal a cada uno de nosotros. 
Se podría decir que, más allá de la historia que la película cuenta, está lo que nos cuenta de nosotros mismos, de nuestra propia historia.

La historia, como en Malas Tierras, es sencilla: Días del Cielo cuenta como a principios del siglo XX una pareja de novios, Bill (Richard Gere) y Abby (Brooke Adams), acompañados por la hermana menor de él (Linda Manz), huyen de la miseria en la que viven en Chicago para trabajar en los campos de Texas, como jornaleros en la temporada de cosecha del cereal. Allí, ocultan que son novios para evitar habladurías y se hacen pasar por tres hermanos. Al acabar los trabajos de la cosecha el rico dueño de las tierras (Sam Shepard), en situación de enfermedad terminal, se enamora de Abby y les ofrece quedarse acogidos en su casa. Ante la perspectiva de una vida desahogada y lejos de las miserias que han conocido, aceptan la invitación pensando en secreto que el fallecimiento el dueño les permitirá heredar parte de aquella gran fortuna. Sacrifican de esta manera su proyecto común a cambio del bienestar y, realmente, tienen la oportunidad de vivir como ricos, en la más absoluta despreocupación por lo material mientras su proyecto de amor y pareja se descompone irremediablemente.




Más allá del argumento una de las primeras cosas que me gustaría destacar de esta película es la labor del español Nestor Almendros como director de fotografía, por la que fue galardonada con el Oscar a la mejor fotografía. Cada plano es digno de contemplarse y disfrutarse en su iluminación, encuadre y composición. La belleza de unos interminables atardeceres de verano en los campos de cereal resulta en muchos momentos sobrecogedora. En sus imágenes vemos el paso del tiempo, el cambio de la luz, la naturaleza serena en animales, ríos y paisajes, el contraste con el interiror de la casa, la violencia de las plagas y, de nuevo como en Malas Tierras, el fuego que destruye sin que nadie lo pueda parar. Todo está cuidadosamente fotografiado en una narración llena de imágenes que atrapan la atención durante toda la película.

También hay que destacar la banda sonora. No vamos a descubrir ahora a Ennio Morricone, pero es imprescindible subrayar como imagen, sonido y narración se complementan y enriquecen de forma magistral. Citando esta reseña: "La banda sonora presenta tres temas centrales sobre los que gira la película, siendo el primero de ellos un sugerente y evocador leitmotiv basado, intencionadamente, en el movimiento de Aquarium del Carnival of the Animals de Camille Saint-Saëns, y que capta la inocencia de una época ya pasada, con nostalgia y melancolía". 
Por cierto, quizá os suene esta música, pero no es extraño porque los que somos padres lo hemos escuchado en muchas ocasiones en este arranque también cinematográfico y también magistral, aunque nada tenga que ver con Malick. Curioso ¿no?...



Las imágenes iniciales, durante los títulos, son fotografías de época, retratos de las personas que poblaban el Chicago de principios de siglo. Sus miradas tienen una fuerza especial y me recordaban a esos Santos Inocentes de Delibes/Camus que viven estoicamente su destino, atrapados en la miseria y sus humillaciones. En palabras de Linda: "Había gente que sufría muchas penalidades, dolor y hambre, incluso algunos llevaban la lengua colgando fuera de la boca". Bill trabaja en una fundición, en un trabajo extenuante y abusivo bajo la arbitraria presión del patrón al que Bill acaba asesinando de forma casi involutaria. A diferencia de Azarias, este asesinato es el comienzo de la película, en lo que supone el motor inicial de la huida a lomos de un sucio tren que, en esta ocasión no viaja hacia el norte como el de Sabina, sino hacia los campos de cereal de Texas. Si pensamos ahora en Kit y Holly, los protagonistas de Malas Tierras, nos daremos cuenta de aquel asesinato que supuso el impulso de huida y de aquel tren que no cogieron y que, de alguna manera, simbolizaba el futuro que irremediablemente se les escapaba. Los tres protagonistas de Días del Cielo huyen en un tren, comienzan una vida nueva y, aunque no tienen ni siquiera el dinero necesario para pagarse el billete, están juntos, se quieren y comparten el sueño de una vida mejor que comienza en aquel viaje abrazados en el techo del tren.


Es entonces cuando se nos da una de las primeras claves de la película cuando, en forma de pincelada, nos indican que Bill y Abby ocultaban su amor haciéndose pasar por hermanos para evitar las habladurías. No debemos olvidarnos de que se trataba de la sociedad de 1916 en la que una relación fuera del matrimonio podía suponer un escándalo insoportable. Por evitar los rumores, ocultarán sus verdaderos sentimientos y los cimientos de su relación se tambalearán.
Durante el tiempo del trabajo en la cosecha veremos el esfuerzo de los jornaleros, los interminables días de trabajo y la exigencia del capataz que representa con mano dura a un lejano patrón, poderoso y rico, dueño y señor de aquellas tierras que decide, cuando y cómo se hacen las cosas. El patrón es una figura misteriosa y simbólica, cuya fuerza se ve acentuada por medio de la metáfora de la casa, mansión inalcanzable siempre presente que materializa la vida con la que sueñan los pobres jornaleros y a la que está, expresamente, prohibido acercarse. La casa y su Señor son caras de una misma realidad que contrasta continuamente con la dureza del trabajo y penurias de los trabajadores.




Las puertas de esa vida se les ofrecen abiertas a los tres protagonistas cuando el Señor de las tierras se enamora de Abby y la invita a "entrar a la casa" junto a sus supuestos hermanos. Al mismo tiempo que reciben dicha invitación, Bill descubre que el patrón se encuentra gravemente enfermo, a las puertas de la muerte. No es necesario que nos expliquen como la tentación de una vida mejor acaba dominando las opciones, confiados en que sería un mal menor por el pronto fallecimiento del Amo. Tremenda opción en la que se contrapone el bienestar material frente al amor intangible, la riqueza inmediata frente al beneficio de un proyecto común, la traición a la honestidad, el éxito de alcanzar el sueño del resto frente al fracaso de quedarse en la miseria donde están todos. Malick no nos detalla la opción, pero somos testigos de como Bill, Abby y Linda viven sus efímeros días de Cielo. En palabras de Linda: "Nunca habíamos sido tan ricos, quiero decir que de repente vivíamos como reyes. No hacíamos nada. Nos pasábamos todo el día jugando. No teníamos otra cosa que hacer. Desde luego los ricos lo pasan muy bien".




Pero, como dice la canción de Vinicius de Moraes: "Tristeza ñao tem fim, felicidade sim" (en castellano en la versión de Presuntos Implicados) y así es como la felicidad en la mansión del granjero poco a poco desaparece y se va acabando según el doble juego de engaños y disimulos va dejando la relación de Bill y Abby desprovista de sentido, de espacios para expresarse quedando reducida a miradas robadas, momentos furtivos, celos, frustraciones y vacíos que ni siquiera toda la riqueza de la mansión puede compensar. Los días de Cielo van dejando paso a días de amargura y desolación. Cuántas veces se preguntarán los protagonistas, como la Holly de Malas Tierras hacía en aquel bosque, ¿qué hubiera sido de mi vida si no hubiera aceptado aquella invitación? ¿qué hubiera sido de mi si hubiera tomado otra opción, si hubiera sido fiel a mis opciones, a mis convicciones, a mis inquietudes?.




La intensidad del conflicto aumenta cuando el dueño va descubriendo signos inequívocos del amor entre Bill y Abby y la desconfianza va creciendo en él, que había abierto la puerta de su casa a Abby y a sus hermanos por amor. La sensación de traición llega a la convulsión cuando llega la plaga de langostas, en una figura evidentemente bíblica. 
El hombre cae en la tentación, traiciona la confianza y acaba recibiendo el castigo de la infelicidad, de la destrucción y la esterilidad de una cosecha perdida culminando en una espiral de violencia imparable plasmada en la pantalla como un fuego que arrasa la plantación y que es la expresión terrible del dolor y la destrucción en la que se han convertido aquellos Días de Cielo con pies de barro. Imágenes apocalípticas que ya se nos habían anticipado en las primeras escenas cuando Linda dice: "Conocí a un tipo llamado Ding Dong. Me dijo que la tierra entera se convertiría en una hoguera. Las llamas emanarían a diestro y siniestro. Simplemente aparecerían. Las montañas se convertirían en una gran llamarada y que incluso brotarían las llamas del agua. Y que los animales correrían despavoridos, algunos ya quemados, otros con sus alas a medio quemar. Y que la gente empezaría a gritar y a pedir ayuda. Y que las personas que hayan sido buenas irían al cielo y escaparían de ese fuego. Pero a las que habían sido malas, Dios ni siquiera las escucharía."




Y la historia termina muerte sobre muerte, en una nueva huida que vuelve a fracasar en un destino ineludible en el que la redención no está al alcance del hombre, sino que tiene que venir de lo alto, un final que no deja margen al "Happy End" complaciente y de sonrisa fácil.
Dejo para otra ocasión la historia de la hermana menor, juguete roto con múltiples elementos comunes con los fríos y crueles personajes de Malas Tierras, que cierra la película en un enigmático epílogo en el que se reinicia otro viaje hacia el fracaso: "Ella (niña que con la que se escapa del internado) no sabía adónde iba o qué iba a hacer. No tenía dinero. A lo mejor conocería a algún tipo. Espero que le fueran bien las cosas. Era una buena amiga".


Sensacional película esta segunda de Malick, con una potencia visual y musical impresionante, interpretaciones impecables y, de nuevo, la sensación de que es un cine que se queda contigo, te acompaña, te cuestiona y provoca. Te arma y desarma para no dejarte indiferente ante la naturaleza humana que, una vez vista, te resulta más comprensible en su pequeñez y miseria.


Creo que me ha gustado más incluso que Malas Tierras y me quedo con ganas de leer vuestras impresiones. Os espero.

domingo, 25 de septiembre de 2011

Malas Tierras: comentarios

Atención: este comentario contiene numerosas referencias que descubren partes importantes de la película. Si no la has visto es mejor que no lo leas todavía. Dicho esto, aquí dejo mi comentario:


Tener un gran parecido con James Dean puede ser una suerte, pero si eso es lo único bueno que te ha ocurrido en la vida, lo más probable es que no sea suficiente para salir adelante en un mundo miserable y violento como el que le toca vivir a Kit (Martin Sheen), el personaje central de Malas Tierras.


Viendo a Kit vienen a mi cabeza la descripción del prototipo de macarra que hace Joaquín Sabina en su canción "Qué demasiao" cuando comienza diciendo: "macarra de ceñido pantalón, pandillero tatuado y suburbial, hijo de la derrota y el alcohol, sobrino del dolor, primo hermano de la necesidad. Tuviste por escuela una prisión, por maestra una mesa de billar, te lo montas de guapo y de matón, y de darle al canuto cantidad".
Kit se ajusta a ese estereotipo de jóven sin estudios, sin futuro y sin posibilidades de cumplir sus sueños. 


Y me refiero a Kit como personaje central y no como protagonista, porque está muy lejos de protagonizar la historia que nos relata esta película. Este es uno de los primeros aspectos que me llama la atención de esta película: la historia avanza según lo dictan las circunstancias, con Kit moviendose como un autómata que actúan según el azar de la situación, sin un rumbo definido ni determinado por sus decisiones o reflexiones. Como máximo podemos ver como la intuición o la autodefensa guían las conductas, a menudo violentas, de Kit empujado por un entorno siempre hostil. 


En los primeros minutos de la película veremos lo poco que le importa a Kit su trabajo de basurero, lo irrelevante que le resulta perder ese empleo, quedarse en el paro o que, finalmente, le contraten como vaquero. Esa misma indiferencia, cuando no rechazo manifiesto, la vamos a percibir también hacia él en los, invisibles, vecinos del barrio por donde pasan recogiendo la basura, en sus compañeros de trabajo, en el empleado de la oficina del paro o en la persona que le comunica que ha sido despedido. A golpes de azar cambia de empleo en una sucesión de hechos en los que poco o nada decide o protagoniza Kit.


Por casualidad Kit también encuentra y conoce a Holly (Sissy Spacek), la voz narradora de la película, una niña acomplejada, cuya infancia se ha visto marcada por la ausencia de su madre y, en consecuencia, por la autoridad de un padre desequilibrado, carente de la más básica afectividad. Es ella la voz interior que nos demuestra la precariedad emocional de los personajes de la película y en la que surgen los mínimos destellos de reflexión que aparecen en contados momentos durante esta historia.







Entre Kit y Holly se crea un frágil vínculo de conveniencia, en el que se diluyen sus miserias y sus carencias. Ambos se comportan como analfabetos afectivos que van explorando con torpeza la comunicación y la sexualidad en un estilo primario, muy básico y torpe. Así su noviazgo va avanzando, una vez más, según la inercia y la necesidad de reaccionar ante el entorno hostil. Cuándo el rechazo del padre de Holly hacia Kit se hace explícito y al jóven también se le niega esta pequeña puerta hacia el futuro, decide de una forma impulsiva y mal planeada, fugarse con Holly en el primer paso de su caótica huida hacia delante.


Sorprendido por el padre mientras recogía, desordenadamente, la ropa de Holly, Kit se siente amenazado y, agresivamente, reafirma su posición ante el padre en una escena de seca violencia que acaba con el padre abatido a tiros por Kit. Con este prólogo y este detonante, la película a partir de este momento avanza siempre impulsada por una huida irreflexiva y desordenada en la que Kit seguirá asesinando a todo aquel que suponga una amenaza real o intuida, sin que exista un verdadero plan, un proyecto que les pueda salvar.


Es en este momento cuando vemos una de las escenas más expresivas de la película: el fuego provocado por Kit que envuelve la casa de Holly. En este momento Malick nos ofrece, con el acento de la música, una serie de imágenes hipnóticas y cargadas de simbolismo en el que podemos ver como arde la niña que había sido Holly hasta ese momento, la niña que tenía un hogar, dormía en una cama, aprendía a tocar el piano y jugaba con muñecas. Todo eso ha desaparecido ya.
Además, la metáfora del fuego destruyéndolo todo, también nos habla de un Kit que, acorralado y hostigado, quema su vida queriendo nacer a una nueva posibilidad. Lamentablemente veremos que también su futuro estaba dentro de aquella hoguera en la que todo resulta consumido sin posibilidad de redención para él.






En la violenta huida de la pareja, ambos muestran una falta de sensibilidad y empatía hacia la vida de otros seres humandos claramente psicópata, en la que no se observa culpabilidad o arrepentimiento. Además, mientras Kit es el que dispara y asesina, Holly asume un papel pasivo, sin implicación ninguna en lo que va sucediendo ante sus ojos, en una falta de compromiso moral que resulta difícil de digerir.
Es ella la que, en un pequeño momento de reflexión plantea uno de las cuestiones más importantes de esta película cuando se pregunta por cómo hubiera sido el devenir de su vida si otros condicionantes hubieran estado presentes, si su madre no hubiera muerto o si Kit no hubiera asesinado a su padre... 
La cuestión es como el azar, las circunstancias, la casualidad puede llegar a condicionar nuestra existencia y nos empuja irremediablemente a vivir de una forma concreta, como haber nacido en una familia, en un pais, en una cultura, como haber recibido unos genes y una educación nos sitúa en una posición, inevitablemente distinta a los demás, no modificable y que nos abre unas puertas y nos cierra otras sin que podamos nosotros hacer nada para modificarlo.


El otro aspecto, cada vez más importante en su huida es el paisaje, que Malick nos ofrece de una forma austeramente espectacular: son las "badlands", tierras baldías, extensas llanuras improductivas, casi desérticas, que se extienden hasta donde la vista alcanza y donde Kit y Holly son pequeñiiiitos, unos habitantes insignificantes y que, como el lagarto o el halcón (que Andrés me corrija), solo tratan de sobrevivir.






Estas tierras baldías, desde mi punto de vista, son también otra metáfora importante de la película que retrata una sociedad americana (o quizá, simplemente, moderna) estéril, mezquina e individualista, donde no hay lugar para lo que nos hace humanos y donde la hostilidad del entorno se enfrenta al individuo que solo puede sobrevivir luchando por salir adelante con sus propias fuerzas y recursos. Sometidos a la ley del más fuerte, los menos capaces van siendo eliminados gradualmente en unos casos y violentamente en otros.
En esta sociedad-Badland, Malick nos ofrece toda una serie de personajes solitarios que viven aislados. Vemos puertas cerradas, calles vacías o carreteras intransitadas, personas que no se miran, que no se tocan, que no se unen a los demás, en una fuerte crítica al individualismo feroz en el que no crece nada, en el que nada puede vivir. 
Incluso la llanura de las Badlands me hace pensar en el planísimo tono afectivo y moral de Kit, Holly y de todos y cada uno de los personajes con los que se van encontrando de principio a fin y que nos hace comprender que los dos fugitivos no son tanto unos psicópatas asesinos, como los ejecutores concretos y casuales de una sociedad psicópata.


Por último me llama la atención la resolución de la huida en una situación forzada por Kit en una nueva vuelta de tuerca de su huida descontrolada. Abandonado por Holly, descubre que una vez capturado le espera la fama, fotografías, entrevistas y minutos de televisión para alimentar el morbo de verle la cara al asesino múltiple. De nuevo, vuelve a mi mente la canción de Sabina: "Pero antes de palmarla se te oyó decir: "Qué demasiao, de esta me sacan en televisión".
Esa certeza de que va a ser admirado como criminal le lleva a detener la huida, simulando un pinchazo y dejándose alcanzar por la policía mientras construye un primitivo hito que marque y recuerde este suceso (no es la primera vez que busca en las piedras un fetiche para recordar). Una vez detenido, volvemos a comprobar que el miserable razonamiento de Kit encaja perfectamente en la miseria moral de esta sociedad, que responde a sus expectativas y le entrega atención, publicidad y admiración, en la fiesta del morbo televisado que tanta audiencia sigue teniendo.


Una pequeña historia, pero una gran película, cuidadosamente rodada, con un montaje "invisible", una fotografía austera, pero potente, unos diálogos escuetos y una música inolvidable. Lo que más me ha gustado es como la película perdura en el recuerdo, como vuelven a la cabeza escenas y diálogos en los que vas descubriendo que todos los detalles están meticulosamente escogidos para ofrecernos matices y mensajes con múltiples lecturas  que nos llevan a pensar en nuestra propia vida y en nuestras Badlands.


Y si los hay que prefieren ver la película antes que leer el libro, quizá también los haya de los que prefieren la canción a la película. Para ellos Bruce Springsteen ha escrito una ácida canción que en cinco minutos nos regala una síntesis de los hechos reales que inspiraron la película de Malick. Aquí os la dejo:



 Y a vosotros... ¿qué os ha parecido? ¿qué os ha llamado la atención? ¿qué os ha resultado cuestionador?. Espero vuestros comentarios...